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La calma del ansioso

La mente no calla, se interroga en silencio. Piensa para no caer, para no volver al lugar donde sentir fue riesgo y amar, una grieta. Aprendió a apartarse del sentir, no por frialdad, sino por memoria. Porque hubo emociones que prometieron calma y dejaron temblor. Ahora la cabeza vigila, traduce el impulso en cautela, convierte el latido en idea para que no duela igual. ¿Es sabiduría o miedo este orden impuesto? ¿Es protección o una forma lenta de perderse? La mente, tan trabajada, también se cansa de sostener el control. Sabe que pensar no cura todo, que evitar sentir no borra lo sentido. Y aun así duda, porque recuerda cómo acabó antes. Porque sabe que hay afectos que enseñan a huir antes incluso de llegar. Tal vez no se trate de elegir, sino de permitir que la mente descanse y que el sentir vuelva, no como herida, sino como posibilidad.

Te sentí sin tocarte

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Cruzamos la tarde como quien roza el agua para así dejar huella. No hizo falta palabra. Tus ojos, al irte, dejaron suspendido en el aire un eco sin sonido. Un silbido leve, como la brisa entre cortinas, bastó para que mi pecho reconociera tu latido. Y justo cuando mis dedos iban a decir tu nombre, la luz del teléfono se encendió con el tuyo. No arrastré la noche, arrastré tus pasos invisibles junto a los míos, como sombras que se abrazan sin romper el suelo. Hay miradas que tocan más que mil manos. Y hay silencios que saben decirnos todo lo que aún no sabíamos. Porque el amor, cuando es raíz en dos cuerpos, no se busca: se siente. Y basta el cruce de un gesto, la demora exacta de un adiós, para saber que ya estamos en casa.